LA IMPORTANCIA DE SABER SEMBRAR PATATAS

  • - ¿Sabes de qué me estoy acordando en este momento?
  • - ¿De qué güelita?
  • - De la primera vez que sembraste las patatas.
  • - ¿Y por qué recuerdas eso ahora?
  • - Pues porque estoy mirando las huertas, los prados, los montes y los castaños y está todo abandonado. Todo se va a perder.
  • - No te entiendo.
  • - Cuando tenías 3 años tus padres te dejaron con nosotros una semana. Nosotros estábamos sembrando las patatas y tú estabas jugando con los gatos. De repente, apareciste en la huerta diciendo que te estabas aburriendo y que eso que estábamos haciendo te parecía muy divertido, y nos preguntaste a tu abuelo y a mí que si podías ayudarnos. Pensábamos que te ibas a cansar a los 5 minutos, porque sembrar patatas no es una tarea agradable. Es muy duro. Te lo explicamos una vez, y no hizo falta decírtelo dos veces. Estuviste toda la tarde trabajando con nosotros y no te cansaste ni un segundo. Cuando pasaban los vecinos y te veían trabajando sin descanso, midiendo bien la distancia necesaria entre patata y patata, sonreían y te miraban felices. Pero no te miraban con tanto orgullo como nosotros. La continuidad de todo esto se garantizaba.
  • - ¿Y por qué ese momento fue tan importante para vosotros?
  • - Porque ya no hay nadie que quiera venir a estas aldeas tan alejadas de todo. Porque ya en aquella época se veía venir esta decadencia y este abandono. Los pueblos ya no tienen vida. Nadie conoce la importancia de saber sembrar patatas.
Paisaje rural

Paisaje rural en peligro de extinción

Se estima que en España 7 de cada 10 personas viven en zonas urbanas. La búsqueda de una buena y cómoda posición laboral, hospitales, colegios, institutos y servicios de ocio cercanos hace que estas zonas sean más atractivas para la mayor parte de la población española. Nadie quiere vivir en el olvido. Nadie quiere que sus hijos recorran 20 kilómetros por unas carreteras en un estado horrible para ir al colegio o al instituto. Y esto, en el mejor de los casos. Porque hay situaciones en las que incluso tienen que atravesar grandes puertos de montaña para ello, con todo lo que esto implica. Y lo mismo si hablamos de la necesidad de acudir a un centro de salud, o al trabajo. ¿Sería esto diferente si pudiéramos gozar de unos servicios básicos necesarios para una buena y digna calidad de vida? ¿Se irían más personas a vivir a una aldea?

Esta conversación, sacada de la realidad, refleja lo importante que fue y es la tierra para nuestros abuelos y abuelas. ¿Por qué no lo es para nosotros? Nadie quiere vivir en el campo. No hay relevo generacional. Los castaños, que tanta hambre han quitado en las épocas más duras de nuestra historia, y que tan importantes fueron para nuestros antepasados, están enfermos. Se perderán si no los curamos a tiempo. Nadie conoce las plantas medicinales, porque prefieren acudir a una farmacia. Así de simple. Los campos y los montes están completamente abandonados porque carecen de funcionalidad. La mayor parte de las casas están ya colonizadas por la vegetación. Ni eso hemos querido heredar.

Nuestro legado cultural, el patrimonio etnográfico y los conocimientos “indígenas” se han perdido. Sí, no miréis raro. Todos somos indígenas, indígenas de nuestro territorio. Porque el término indígena hace alusión a nuestra procedencia, y todas las personas tenemos un origen. Aunque lo que es más triste es que hemos renegado totalmente de nuestras raíces. Los paisanos y las paisanas están en peligro de extinción.

Huerta en la que se acaban de sacar las patatas

Huerta en la que se acaban de sacar las patatas

Si todo está abandonado, si no hay casi huertas o ganadería,… ¿nos hemos parado a pensar de dónde vienen los alimentos que consumimos a diario? Además de que no tenemos ni idea de lo que comemos ni su procedencia, es más bien el deseo de querer cambiar el mundo. Pongamos un ejemplo muy simple. Si le compramos las patatas a una persona que ha apostado por vivir y trabajar en un entorno rural, además de ponerle un nombre y un apellido a nuestra comida, le estamos aportando un beneficio económico a esa persona, pero también un beneficio social, porque crecerá su autoestima. Querrá seguir luchando y trabajando por sacar adelante sus patatas y por enseñarles a otras personas sus conocimientos. Más personas se asentarán en este o en otros territorios. No sólo eso. Esto ayudará también a conservar nuestros paisajes, nuestra naturaleza y nuestra biodiversidad, aspectos de los que nos encanta disfrutar cuando tenemos tiempo libre los fines de semana, ¿no? ¿Verdad que la comida nos sabe diferente cuando tiene un nombre y un apellido? Esto, junto con la sonrisa y la felicidad con la que nos la comemos le aportan un sabor especial y único a ese plato.

No nos podemos imaginar lo importante que es consumir productos locales. Ayudamos a que las personas que desean quedarse en su territorio no lo tengan que abandonar, sabemos lo que comemos, fijamos población en el medio rural, evitamos el abandono de nuestros paisajes, conservamos nuestro legado cultural, incluso ayudamos a combatir el cambio climático…, ¿necesitáis más razones para consumir productos locales?

No es ninguna tontería saber sembrar patatas. Quien tiene este conocimiento, tiene la licencia para alimentar a todo un territorio. Tiene la voluntad de cambiar el mundo.

Planta de patata solitaria en una huerta

Planta de patata en una huerta resistiendo la soledad

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