Ella

Ella llegó a este mundo cuando los árboles se despertaban de su dulce letargo invernal. Los raitanes y los malvises, animados por los cada vez más intensos rayos del sol, llenaban de júbilo las mañanas con sus alegres cantos de cortejo. La naturaleza inauguraba un nuevo ciclo de vida. El fragor de la metralla, y los gritos de sufrimiento comenzaban a extinguirse, aun así, había días grises en el firmamento, y las algarabías podían escucharse a varios kilómetros de distancia. Lo que se aproximaba no parecía esperanzador, pero la vida no era una elección en aquella época. Era una dura prueba que había que superar cada minuto todos los días.

Sus primeros años de vida fueron totalmente instructivos, en el que los juegos y vivencias infantiles eran más bien anecdóticos. Primero comenzó su formación reglada, para aprender lo básico que necesitaba para la vida, es decir, a leer, escribir y realizar cálculos matemáticos sencillos. La siguiente fase, y la más importante, la formación no reglada, cuya primera lección fue la de mantenerse al margen de todo lo que estaba sucediendo a su alrededor. Ella debía ser “políticamente correcta”. Ella se formó como economista, contable, maestra, enfermera, cocinera, comercial, experta en logística, diseñadora de moda, ganadera, ecóloga, agricultora, gestora de residuos, ingeniera forestal,…, Sin llegar a conseguir ningún título sabía más que cualquier universitario, porque eran lecciones que el laboratorio de la vida y la escuela del tiempo le habían enseñado. Sin lugar a dudas, su formación más exigente y compleja fue la de mujer y madre, porque ese debía ser su fin principal. Años después emprendió su primer trabajo en prácticas. Su jornada comenzaba a las 6 de la mañana, atendiendo las necesidades de sus padres, abuelos, hermanos o sobrinos. Ella debía estar muy atenta a todas las necesidades de cada uno de los miembros de la unidad familiar, pero también del cuidado de la casería. Ella siempre tuvo mucho trabajo, pero nunca pudo acceder a un empleo, porque a lo largo de su vida, hasta que enviudó, no recibió ninguna remuneración por el desarrollo de sus múltiples tareas y obligaciones.

Y entonces llegó él. En aquella época la elección de un marido era un mero trámite, ocasionalmente impuesto por un entorno social atemorizado de que ella “se quedara para vestir santos”, y más cuando eres la última hija casadera de tus 12 hermanos, y recae sobre ti la responsabilidad de velar por el cuidado de tus padres. La vida no parecía que fuera a cambiar a mejor, sino que se iba haciendo cada vez más cuesta arriba. Como a la inmensa mayoría de los hombres del valle, a él toco entregarse a la mina y abandonar la economía campesina tradicional, lo que les podía asegurar unos escasos ingresos diarios, aunque fuera a cambio de arriesgar su vida todos los días. Primero a Clavelina, luego a Les Abeyes, más tarde a Polio, y así cambiando de “chamizu” según le encomendaba el patrón. Ella desconocía si al final del día, cuando los últimos rayos de sol alumbraban la aldea, él volvería a su hogar. Porque en aquel tiempo las entrañas de la tierra ardían, y muchos compañeros nunca regresaban. De hecho, ya había perdido la cuenta de todas las compañeras a las que había consolado y ayudado alguna vez en la vida. Solas, con varios hijos, y sin ningún tipo de ayuda económica. Pero no había tiempo para preocupaciones ni lamentos, porque ella asumió con resignación la gerencia del núcleo familiar y la casería. Ella era una auténtica superviviente. Una verdadera heroína, sin capa ni antifaz, y a la que, aun así, la historia nunca reconocerá.

Ella primero fue hija, luego mujer, a continuación madre, más tarde abuela, y, por último, viuda. Muchos títulos adquiridos a lo largo de la vida, pero, ni ella misma, ni la sociedad, la reconocieron alguna vez como “simplemente ella”. Ella no sabe lo que es el feminismo, ni las contribuciones de Simone de Beauvoir o Clara Campoamor a la historia de la emancipación de la mujer, a su historia. Tampoco tiene el menor interés en conocer todos estos detalles, y claramente le es indiferente. Nunca necesitó ir a manifestaciones, porque “eso no va con ella”, pero sus mensajes de libertad calaban en su entorno como la densa lluvia hace que se desarrollen los cultivos con fuerza y vigor. Ella nunca percibió que con sus palabras, no solo estaba cambiando su alrededor, sino que estaba transformando el mundo. Del mismo modo, ninguna vez intuyó que su capacidad de supervivencia ante la adversidad fue una inspiración para muchas mujeres. Todo un ejemplo de lucha y superación.

Ellas, luchando en comunidad, conformaron una época ejemplarizante de solidaridad y unión en el valle, porque su batalla era la misma, y su apoyo y alianza era clave para salir adelante, juntas, como compañeras y hermanas. No tuvieron ningún miedo, porque no pensaban en ellas, sino que simplemente anhelaban y soñaban con una vida mejor para las que veníamos detrás. Para que nosotras pudiéramos decidir y elegir libremente, y que eso nos pudiera aportar un futuro mejor. Para ser “simplemente nosotras”.

 

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Escrito en Turón el día 14 de abril de 2017

Homenaje a la mujer rural del Valle de Turón. Porque “ella” no es una única mujer, sino que sois todas las mujeres que habéis luchado por nuestro presente/futuro y nuestra libertad.

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Comentario (1)

  1. Carlos Fernández  |  

    Escribes muy bien. No lo hagas de forma esporádica. Cuenta, narra, imagina, crea, sueña. Lo sabes hacer (no entro en hablarte sobre el fondo de la historia de tu abuela, tu madre, ?. Esas mujeres fueron las varas de avellano que sustentaron toda la cesta, siempre lo supe ¿no ves que tuve abuela, madre, hermana, mujer, e hija?. Sé mucho sobre vosotras) Un abrazo. ¡ESCRIBE!

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